(via karmic-stain)
“Maybe there’s only so many places or ideas in you. There might be a moment when I realize it’s over. If it’s unlimited, I want to keep going — see how much there is.” - kazu makino
(via fuckyeahblonderedhead)
(via fuckyeahblonderedhead)
Balada n° 1 en Sol Menor
El ritual de sentarse en el sillón a media tarde a leer la Enciclopedia se había convertido en una religión inviolable. Disfrutaba una lectura sobre Chopin cuando, sin ningún aviso, el asco le sobrevino como una descarga eléctrica originada en algún lugar oscuro y mohoso de su ser; se sintió asfixiado por lo absurdo de la situación, por lo lejano de los días en los que era hombre y no caricatura; sintió la nausea, que diría Sartre. Se imaginó a sí mismo en un cuadro de mal gusto colgado en la sala de una soltera gorda adinerada: El viejo y la Enciclopedia, pintado por algún ebrio poco talentoso para el arte pero un experto zorro cazador de snobs. Pensó en la ridícula escena de la mujer pagando miles por el cuadro y mostrándolo emocionada a sus amigos, una patraña de buitres devoradores de arte de traje y monóculo asintiendo con expresión solemne y fingidamente conmovida, con una mano llena de callos posada en el mentón. Podía imaginarlos hablando sobre la “genialidad del artista plasmada en la expresión de soledad del viejo cuya única compañera era la Enciclopedia”; podía escuchar los adjetivos “majestuoso”, “intachable”, “sublime” y la voz resquebrajada de uno de ellos exclamando: “¡oh, la nostalgia!”. Ante este pensamiento sus miembros añejos se estremecieron en una danza de miedo y vergüenza. De inmediato soltó la Enciclopedia que había estado hojeando con dedos rugosos y ojos pequeños, adormecidos por el perfume que desprendía la habitación, un olor a melancolía embotellada, a mueble viejo y cuero húmedo, a recuerdo marchito y a cartas de antepasados polvorientos.
¿A dónde habían ido a parar los años? Recordaba haber leído sobre Chopin cuando era joven en la misma Enciclopedia que acababa de soltar como si fuese un animal viscoso o la citación a un juicio. Incluso en esa época de adolescencia, de estupidez irreprochable y de postal de café, cuando era el eje del mundo y hablaba el lenguaje de las verdades universales, aquel artículo sobre Chopin le producía una sonrisa burlona y un incómodo cosquilleo en el estómago. La falta de gracia de aquel erudito rígido que había tratado de describir la obra de Chopin con palabras de académico de anaquel le provocaba a la vez risa y lástima, como un chiste de mal gusto que le causase gracia y a la vez asco por haberse reído. No le molestaba la teorización de escuela vacía, le molestaba el tono dictatorial que empleaba el individuo, la sordera que trataba de imponer en su discurso al lector. “Chopin es grandioso porque lo digo yo”, justo antes del azote del látigo. Los Nocturnos, Valses y Baladas explicados como si fuesen definiciones de diccionario. ¡La Balada en Sol menor explicada por algún ser sin alma! Las notas esparciéndose por la habitación polvorienta despertando a los muertos. La elevación del alma y la contemplación de la vida y los significados desde el lugar privilegiado de los ojos conscientes de lo que miran y el tacto consciente de que la hojilla corta y duele y la piel sangra; los oídos que lloran como recién nacidos o muertos en ataúdes que no son más que lo mismo en lugares diferentes: recién llegados sorprendidos. La primavera que sucede al invierno y el día a la noche desgastada. La vida misma traducida en notas de piano por un inmortal ¡y ese tipo triste tratando de explicar todo aquello con palabras muertas!
Comenzó a resonar dentro de su cabeza la Balada en Sol menor, que tantas veces había tocado cuando era un alma danzante anhelando inmortalidad. Ahora era un viejo solitario de cuadro que no había tocado el piano en años y la idea le produjo una mezcla de tristeza y repugnancia, pero más que todo, una necesidad de remediar aquello. ¡Cómo le costaba levantarse del sillón! Los años se habían vuelto otoños y las paredes, muebles y repisas habían adquirido tonos sepia; la pantomima agotadora de lo insignificante se había vuelto su estilo de vida. Un halo de luz bañaba la habitación desde la ventana llena de telarañas, era el sol que le reclamaba y lo guiaba. El halo se posaba sobre la cubierta del piano olvidado que ahora servía como coleccionista de fotografías viejas. Le parecía que la expresión de su mujer en las imágenes había cambiado con los años: cuando la mujer estaba viva, en las fotos dejaba ver una sonrisa emocionante, contagiosa. Cuando murió, la expresión cambió a una especie de gesto de preocupación y al pasar los años, se había convertido en una mueca de desaprobación: era como si viese a su marido desde adentro de aquel cuadro del que se había vuelto parte con profundo desprecio; veía al hombre lamentarse en el sillón con la Enciclopedia, embriagado de nostalgia, convertido lentamente con el pasar de los años en un teórico del recuerdo, un súbdito de la traducción de la música inmortal al texto enciclopédico vacío, un lector fiel de obras mortales sobre los inmortales, un devorador de páginas en vez de lo que solía ser, un corazón que latía en sincronía con las de las notas del piano.
¡Cuánto asco se daba y qué vergüenza le producía la mirada de su mujer desde la fotografía! Incluso le pareció que el piano le reclamaba el olvido y el abandono. Las voces de los buitres espectadores resonaban en su interior y lo aturdían. Sabía que para callarlos tenía que convertirse en lo que aquellos hombres odiaban: la auténtica elevación del espíritu, la libertad desnuda que enciende los rostros en las habitaciones viejas, las notas que evocan lágrimas de alegría y de tristeza mezcladas en el río puro del ser. Levantó la cubierta del piano, posó sus dedos temblorosos pero decididos sobre las viejas teclas y las notas de la Balada se liberaron de la prisión imaginaria, volando por la habitación sepia, convirtiendo el cuadro impostor en una obra grandiosa, legítima, como Chopin, como la vida, como el sol que bañaba el suelo y como la danza de las motas de polvo alegres y embriagadas de música. Los buitres observaban ahora el cuadro con infinita repulsión, moviendo la cabeza en señal de desaprobación y los ojos llenos de vergüenza ajena. Ya lo dijo Nietzsche: aquellos que son vistos bailando son considerados locos por los que no pueden oír la música. La mujer sonrió en la fotografía viendo a su esposo platicar con la eternidad, además de la huida despavorida de los buitres ante el maravilloso cuadro de El Joven y el Piano. Eran ellos los vivos, los muertos estaban fuera del cuadro.
Luis D. Bolívar
accurate
(via petrak)
“For the moment, the jazz is playing; there is no melody, just notes, a myriad of tiny tremors. The notes know no rest, an inflexible order gives birth to them then destroys them, without ever leaving them the chance to recuperate and exist for themselves…. I would like to hold them back, but I know that, if I succeeded in stopping one, there would only remain in my hand a corrupt and languishing sound. I must accept their death; I must even want that death: I know of few more bitter or intense impressions.”






